Artículo Publicado en el Semanario Claridad – 28 de julio de 2005

 

 

Rogelio Figueroa García

Empresario, Asesor Comunitario y Líder Ambientalista

 

¿Crisis u Oportunidad?

 

Invito a los ciudadanos a ver la situación de crisis temporera causada por la huelga de los camioneros como una oportunidad para reflexionar sobre el papel que juegan el automóvil y la gasolina en nuestra vida diaria y como contribuyen a la fragilidad del sistema económico y social que se ha construido en nuestra isla por los últimos 50 años.

 

Al momento de anunciarse que no estarían disponibles los 328,000 galones de gasolina que quemamos todos los días en nuestros 2.5 millones de automóviles durante millones de horas diarias en carreteras y tapones, lo primero que nos pasó por la mente fueron todas las actividades que no podríamos llevar a cabo sin gasolina.

 

No podríamos llegar a nuestros trabajos, llevar los niños a la escuela o al cuido, visitar a familiares o amigos,  ir al cine, o la playa, por no decir comprar leche o llegar al medico con algún familiar enfermo.  Somos completamente dependientes de la gasolina y el automóvil.

 

Como es que el automóvil particular y la gasolina han llegado a tener tanto poder sobre nosotros? 

 

Sin temor a equivocarnos, podemos señalar el desparrame urbano que comenzó hace 50 años con la construcción de urbanizaciones de casas unifamiliares en terrenos rurales y a la construcción, en los últimos 20 años, de centros comerciales desvinculados de los centros urbano. 

 

Según la publicación “Puerto Rico en Cifras” publicada por el Banco Gubernamental de Fomento, en el 2003 los gastos en autos y la gasolina representaron gastos de 1530 millones y 770 millones respectivamente.  Los automóviles generaron unos 400 millones en arbitrios y requirieron que la Autoridad de Carreteras emitiera alrededor de  400 millones en nueva deuda cada año, por los últimos 8 años, para construir las carreteras necesarias para acomodar los nuevos vehículos. 

 

 

Estudios llevados a cabo por el Servicio Forestal demuestran que del 1978 hasta el 2002 nuestra huella urbana creció en un 63% cuando nuestra población ha crecido solamente en un 18.7%.

Este breve análisis económico nos demuestra que estamos en un ciclo vicioso de gastos asociados a transportación que solo pueden resultar en la eventual quiebra del sistema de carreteras y en la eventual destrucción de todo nuestro ambiente.

 

Los mismos políticos que señalaron a los camioneros como los causantes de esta crisis son los gestores de esta condición pues por muchos años nos indicaron que esta condición insustentable es “resultado de la globalización y la modernidad” y es necesaria para “mantenernos competitivos”. 

 

Bajo el panorama actual de la globalización, sin embargo, estos razonamientos no tienen base pues las tendencias globales son la búsqueda de menores costos de producción y la maximización del conocimiento y la y creatividad de los seres humanos como fuente de riqueza.  Los aumentos proyectados en el precio de la gasolina, que encarecerían todas nuestras actividades y la mayor pérdida de tiempo en tapones, que reducirían aún mases tiempo productivo, nos señalan todo lo contrario; es vital reducir nuestra dependencia del automóvil para asegurar nuestra competitividad económica futura.

 

Para detener y revertir nuestra dependencia del automóvil y la gasolina, debemos detener el desparrame urbano en su nivel actual y comenzar un proceso de reconstrucción urbana total.  Esta debe recoger nuestra población presente y futura en 78 centros urbanos revitalizados, densificados e interconectados con transporte colectivo.    

 

Esta actividad de reconstrucción nacional no perjudicaría la industria de la construcción, por el contrario, podría resultar en más construcción de residencias y negocios a precios más bajos.  Como ejemplo podemos comparar el aprovechamiento del terreno bajo el desparrame urbano y mediante la reconstrucción de ciudades peatonales.  

 

Bajo el actual esquema de urbanismo desparramado, se pueden construir solamente unas 4600 residencias por cada milla cuadrada de terreno.  Mientras que usando el modelo de ciudad peatonal con edificios de 4 – 8 pisos podríamos construir en la misma milla cuadrada hasta 23,000residencias y 4000 negocios, además de plazas, parques y otras amenidades para la interacción social.

 

 

Esta necesidad de reconstrucción urbanística, que a su vez es una oportunidad de desarrollo económico sin precedentes, no va a poder ser aprovechada por este pueblo si tenemos en el poder a los partidos tradicionales.  Son necesarios nuevos partidos, candidatos o funcionarios electos que estén comprometido con la unión de todos los residentes en esta isla para detener el desparrame urbano y comenzar la reconstrucción del país en uno que responda a las necesidades y aspiraciones de todos los que residimos aquí y no al interés de unos pocos. 

 

Demos gracias a los camioneros, pues han sacado a la superficie una de las mayores barreras que tenemos para nuestro progreso y desarrollo en un mundo que requiere no solamente ser competitivos en costos sino también uno que permita más tiempo productivo a su gente a la vez que se preserva el medio ambiente.